Son magníficos árboles que me transmiten calma y me recuerdan a mi infancia.
Mi pueblo esta lleno de ellas y me encantan.
Me llevan atrás en el tiempo, me llevan al verano, al sol, al campo, a la familia y a los amigos.
En el año 2002 estuve de fotógrafo independiente, cambalacheando por Palestina.
El día que llegué estaba muy nervioso y asustado. Todo era fascinante y a la vez aterrador.
Recuerdo que en el camino que me llevó desde el aeropuerto de Tel-Aviv a Jerusalén, al mirar por la ventanilla, vi campos llenos de garroferas. En ese momento una extraña sensación de paz y tranquilidad me recogió. Sí aquel magestuoso árbol crecía por allí, aquello no sería tan diferente a casa...
Mi padre siempre dice, que cuando no veas garroferas, ¡malo!
Ahora como chivano en elxilio, me aferro a su recuerdo y gracias a las acertadas iniciativas de los componentes de la Plataforma para la defensa de la Sierra de Chiva, puedo sentirlo cerca.

Saludos.
